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Recorrer las calles y conocer la gente de este idílico pueblo que pareciera detenido en el tiempo, es internarse en los laberintos de su historia y las ancestrales creencias populares.
No es habitual, al arribar a un pueblo del interior provincial, visitar obligatoriamente su cementerio. El camposanto no es justamente el mayor atractivo para los visitantes.
No ocurre así con la Villa de San Pedro Norte: el lugar es visita obligada. |
| La extraña arquitectura de varias tumbas verticales, al menos cuatro, exhiben el misterio de su origen siglos atrás. La transmisión de boca en boca es la única alternativa para el curioso visitante. “Una de esas tumbas son de las niñas Salcedo, quienes tenían 20 años al morir, eran del paraje Sevilla. Se comenzaron a enfermar, a ponerse delgadas y pálidas, al final murió una de ellas y no se sabía de qué enfermedad”, relata con voz temblorosa doña Senobia Espinosa, una anciana lugareña que atesora 94 años.
Doña Senobia asegura que la familia llamó al curandero del lugar, quién aseguró habían muerto por el baselico (basilístico). Con voz segura afirma que el hombre lo encontró en la cumbrera de la casa y tenía el tamaño de un sapo, “ese era el mal de las niñas, el que lo mira primero muere sin remedio”, señala, haciendo la señal de la cruz.
A las hermanas Salcedo las habrían sepultado paradas, según costumbres de la época.
Las otras tumbas verticales también tienen explicación para la anciana. “Había tres hermanos `turcos´ (árabes) en el pueblo. Eran solteros, ricos comerciantes, al morir los fueron enterrando parados con sus joyas de oro: luego vinieron parientes, los dejaron a ellos y se llevaron la fortuna”, narró con una sonrisa en los labios doña Senobia.
Superstición o leyenda, las tumbas verticales siguen preservando celosamente sus misterios. |