Solía decir don Atahualpa Yupanqui, que tantas veces desandó el camino desde Cerro Colorado hasta los senderos de San Pedro Norte, que “hay dos tipos de historia: la que escriben los historiadores según el escaño donde están sentados y la otra, la que no se escribe sino que se canta o se calla, que es la del pueblo". Hay una copla anónima que dice:

"Así se escribe la historia

de nuestra tierra paisano,

en los libros, con borrones

y con cruces, en los llanos"

Este pueblo norteño y la región que lo circunda, enmarcada en silencio y soledad, albergó sus primeros habitantes hace más de 8 mil años cuándo era recorrida por pueblos cazadores recolectores. Los sanavirones arribaron miles de años después, en vísperas de la conquista española, constituyendo la comunidad agroalfarera más evolucionada de la Provincia de Córdoba.

Estos hombres altos, de largas barbas, se agrupaban alrededor de su cacique en pequeñas aldeas de no más de cincuenta casas, cultivando maíz, zapallos y porotos, viviendo en casas de palos con techo de barro. Esta pacífica e idílica vida tuvo su abrupto fin con la llegada del español, que los sometió a sangre y fuego, a punta de espada y plomo de arcabuz, con la violencia como lema, la cruz como excusa y la ambición como bandera.

A un escaso siglo de ocupación hispánica los dueños de la tierra habían sido sometidos. Solo las guerras calchaquíes del siglo 17 alteraron el pulso de este norte provincial.

Por 300 años, desde la llegada de los conquistadores, el norte fue la zona más próspera de la provincia, donde reestablecieron poblaciones, estancias, capillas y fuertes, con la columna vertebral que los unía y marcó un hito hasta nuestros días: El Camino de la Historia o Camino Real.

Vigente en la región en nuestros días y única vía de comunicación en San Pedro Norte, hace siglos vio pasar arrieros, chasquis, mercaderes, aventureros, soldados y la montonera de lanza en mano y bincha bordó. La Villa de San Pedro Norte se interna en la profunda historia cordobesa de la fundación. Jerónimo Luis de Cabrera desobedeció las órdenes de Francisco de Toledo, virrey del Perú, de poblar el Valle de Salta: estratégicamente clavó su espada en la ciudad de Córdoba en la ruta que unía el Alto Perú con el Río de la Plata.

Muchos años después, paradójicamente, pagó la osadía. El gobernador Gonzalo de Abreu, cruelmente, ordenó “darle garrote” en su lecho de enfermo hasta morir. Fue su hijo, Pedro Luis de Cabrera, el que en 1602 recibió la merced de tierras de las estancias San Pedro, Santa Clara y San Luis, las que actualmente rodean a la Villa de San Pedro Norte.

El comendero poco tardó en erigir lo que es hoy un ícono en la localidad: la capilla de San Pedro o San Pedrito, que aún conserva su estructura original a escasos kilómetros de la entrada sur del pueblo.

Cabrera no fue distinto al resto de los conquistadores, Solo quedaron unos pocos aborígenes sometidos y solo resta como recuerdo imborrable de su pertenencia las quebradas de la estancia Santa Bárbara, con cavernas, aleros y abrigos con pictografías de más de 1.200 años.

FACUNDO HACIA LA MUERTE
(Jorge Luis Borges)

“El coche se hamacaba rezongando la altura:
un galerón enfático, enorme, funerario,
Cuatro tapaos con pinta de muerte en la negrura

timoneaban seis miedos y un valor desvelado”.

“Junto a los postillones jineteaba el moreno,
Ir en coche a la muerte, ¡qué cosa más oronda!
El general Quiroga quiso entrar al infierno
llevando seis o siete degollados de escolta”.

Así describió Jorge Luis Borges un momento trágico para la historia argentina: el asesinato, el 16 de febrero de 1835, del caudillo riojano Facundo Quiroga en Barranca Yaco. Pernoctó por última vez en la Posta de San Pedro, que aún se preserva, partiendo hacia la emboscada fatal planeada por los hacendados de Tulumba hermanos Reynafé y ejecutada a tiro, sable y lanza por el encomendado Santos Pérez.

Como un destino marcado de gloria y sangre, fue el Camino Real y San Pedro Norte el último sedero que recorrió el coronel Felipe Varela, quién condujo la última montonera federal cuándo el 9 de noviembre de 1866 levantó las banderas de la “Unión Americana”. Terminó derrotado en la batalla de Pozo de Vargas y murió en su exilio chileno.
Las calles solitarias, el rumor de la arboleda, el manso cantar del agua, esconden en San Pedro Norte muchas páginas de la historia nacional, de las que poco se hablan y mucho se ignoran.

Como el romance popular, que aún algún paisano musita a lomo de su caballo:

“Luego que salió Quiroga
le anunciaron el destino
que iba a perder la vida
de vuelta y en el camino.
De vuelta y el camino
Una mujer le avisó:
-No pase, mi general
le han armado revolución.
-Mucho te agradezco yo,
mucho te he de agradecer,
pero p´al mal que les hago
a mí ¿qué me van hacer?"


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